Hace 25 años que no los abrazaba, y siquiera me acordaba que estaban caminando aún en Lima.
Tantos recuerdos aparentemente olvidados, volvieron a la mente cuando los vi el viernes pasado.
Muchos peinaban canas, otros apenas las tenían, pero podía en ver sus miradas - algunas opacadas por la dureza de la vida - que reconocían a uno de ellos, a uno de sus hermanos que a sus 16 años los dejaba para ocuparse de sus propios asuntos.
Pero la nostalgia y el corazón siempre llaman.
Pasaron como si nada estos últimos 25 años y luego de tanto correr, puedo decir que uno se olvida de los más importante que es... el amor de los hermanos.
En mi caso, el amor y el cariño de mis cerca de 30 compañeros de promoción que un día nos abrazamos y deseamos suerte y que las ocupaciones, la agenda y desafíos se encargaron de separarnos.
Hoy nos estamos volviendo a juntar para escucharnos mutuamente, para volver a esa familia que una vez fuimos y que no vamos a dejar que se deje de ver nuevamente.

